I
En las fotos de mi infancia algo que destaca bastante, a mi parecer, es la pequeña vena roja que sobresale de mi orificio nasal izquierdo. Mis mayores solían decir que esto se debía a la cigüeña que con su largo pico me había alcanzado a rozar, lo cierto es que yo siempre pensé que era por lo irritado que constantemente estaba debido a mis padecimientos respiratorios.
Uno de mis primeros recuerdos: Estoy con mi uniforme de preescolar, me miro en el espejo del cuarto de mis padres y ahí estoy yo sentado con una máscara que saca salbutamol y otros medicamentos para mis inflamados bronquios.
A lo largo de mi vida he aprendido a amar las pequeñas marcas físicas y mentales que exitosamente he desarrollado, en las rodillas y los codos por la patineta, en la mano por el accidente automovilístico a los 15, y en el alma después del dolor y una culpa poderosa que afloró en mi cuerpo toda clase de símbolos.
Recuerdo bien la amargura de mi padre al revelarle el primer dibujo en mi brazo, un trazo extraño y poco estético tal cual una cicatriz: tienes que entender que esto ya lo tenía muy presente y me era imposible verme al espejo sin verlo en mí, me parece que es ser más transparente con quién soy. Pero al mismo tiempo también lo comprendí, si hubiera sido yo mi padre y mi hijo me mostrase algún símbolo pedorro como un balón de futbol para siempre en su piel, estaría devastado.
II
Mi mamá sufre de sus manchas en la piel, no puede soportar que uno mismo se desgracie el hermoso lienzo que un Dios en el que no cree nos brindó. Yo creo que si las paredes son blancas siempre podremos crear nuevas cuevas de Altamira, pero la creatividad tiene un componente institucional en la modernidad, tienes que seguir una corriente como las cicatrices queloides deben mostrar el trazo sobre la piel tal cual cuchillo en mantequilla.
III
Quizás la cicatriz más grande que me he hecho fue cuando Neto llegó a mi casa con un ácido. Para ese tiempo yo ya estaba desquiciado, a las cuatro horas que reventó sentía como en la cabeza todos mis recuerdos entraban y salían haciendo un disparate: ya me quedé loco le dije, ya no voy a volver a ser igual después de esto, y nunca lo fui.
El cuadro de Van Gogh salió a mi acecho y no pude si no cubrir mi cabeza, siempre escuché que a los 7 ácidos uno ya no queda igual pero a mí me pasó desde el primero y quizás por allá del 100 me explotó un cuadro de ansiedad terrible. Salí de la peda en la que trataba de mantenerme sano y con las lágrimas del cielo también se abrieron los grifos de mi corazón.
Otra fue también con M. No había escuchado de los candy-flips, esa vez estaba yo en la playa y logramos conectar hierba ácidos y éxtasis, nomás Dipo y yo nos atascamos y era como una montaña rusa (que siempre he odiado por cierto) de repente temía que mis latidos rompieran mis costillas mientras la arena era la seda más dulce de experimentar pero después se relajaba y entraba en un viaje de ácido que me dejaba mareado. Me gustaría decir que fue la última vez que experimenté ese sufrimiento pero lo repetí unos tres años después en Vallarta con Westrup, cuando se bajaron los efectos de ambas, sin haber comido ni dormido nada quedas en un estado un poco maniaco de reir por todo y estar al borde del llanto al mismo tiempo.
IV
Poco a poco llegó y se fue la enfermedad, como dice Omar Noel, hoy no hay un centímetro en su cuerpo que no esté rayado desde los dedos de los pies hasta la cabeza, un día echando guama y toque sacó unos chocohongos y me regaló unas líneas que se extienden desde mi pecho, hombro y hasta un poco de mi omoplato, luego se fue a Vancouver a trabajar y no he querido pedirle a nadie más el color.
